Crítica: Hijos de la Guerra

La obra va de jueves a domingo hasta el 1 de marzo, en el Nuevo Teatro Julieta



Dentro de todo lo que caracteriza la era de los 60’s, quizás lo que más nos resuena pueda ser el movimiento contracultura, la revolución del paz y amor propuesto por la masa juvenil estadounidense que, dispuestos a marcar historia, con flores en cañones, se manifestaban en contra de las guerras, en contra del materialismo occidental y en defensa del medio ambiente.

Sobre esta época, el texto de Michael Weller Moonchildren, nos lleva al departamento de siete jóvenes universitarios, quienes con el ímpetu de cambiar el mundo, asisten a marchas en contra de la guerra de Vietnam y sostienen discusiones sobre lo que más debería importar según la convicción de cada uno. En su espacio de convivencia, las dudas sobre el futuro y los miedos personales generan conflictos, que más allá de ser confrontativos, termina por distanciarlos el uno del otro. 




Las angustias en cada uno de los personajes y sobre todo cómo toman acción sobre ellas, no solo hacen referencia al sentir de una generación, sino que refleja la ansiedad juvenil del paso de asumirse como individuo responsable de lo que acontece en la sociedad, pero ahora sin oportunidades para el error. La obra nos invita a reflexionar sobre cómo, en la juventud, las dudas existenciales se oponen al narcisismo entrando en una pugna interna que conlleva a la inacción.

El montaje de Giovanni Vidori de la adaptación de Gonzales Rodriguez Risco, Hijos de Guerra, que cuenta con las actuaciones de Micaela Belmont, Duilio Dall’Orto, Flavia Goya, Fiorella Luna, Jorge Luis Pérez, Raúl Saco, Paco Solís Fuster, Pedro Sessarego, Matías Spitzer y Fernando Verano, nos llevan a finales de los 60’s desde el escenario del Nuevo Teatro Julieta. Los jóvenes compañeros de piso se desplazan en un espacio conformado por un par de sillas, dos mesas y una pequeña refrigeradora, elementos que no tienen mayor información que su funcionalidad pero que, considero, son suficientes para ambientar el departamento juvenil y para el desarrollo de las acciones. En cambio, la propuesta de vestuario, nos remonta sutilmente a la época en cuestión y ayudan a remarcar los cambios temporales de la obra, gracias a los cambios de look de cada personaje para cada escena, que por cierto, son muy veloces.




Las correctas actuaciones de todo el elenco presentaban buen ritmo, gag cómicos, relaciones con excelente química, y la energía llenaba todo el espacio de inicio a fin, pero hay algo en el texto de Weller que quizás se pudo aprovechar mucho más. La información que nos brinda sobre cada personaje, refiriéndome a aquella que está entre líneas, los particulariza, nos regala seres de una complejidad mayor, alejada del estereotipo. En cada uno está presente la angustia como motor implícito de sus acciones y aspiraciones, y eso no se llegó a profundizar en algunas interpretaciones, lo cual pudo obstaculizar la empatía del público.

Un ejemplo de lo opuesto podría ser la escena entre Paco Solís, Jorge Luis Pérez y Matías Spitzer. Ellos nos regalan la escena más excéntrica, quizás irrelevante, pero divertida y orgánica de la obra. Hay algo en lo que dice el personaje de Solís que va más allá de lo que pronuncia, además de la sugerente dinámica que tiene con los otros dos, inmediatamente nos permite imaginarnos un mundo sobre él, así mismo, despierta el interés por conocer más facetas de los personajes de Pérez y Spitzer.




Por otro lado, considero que el diseño de la iluminación es utilizada como un gran recurso par dar la atmósfera de intimidad que, al fin y al cabo, es anhelada por los personajes. Además funciona como un apoyo para la sensación de desolación que al final el montaje nos remite. Debo mencionar también que la musicalización fue mi elemento preferido. Una guitarra eléctrica de intervención intermitente y, de vez en cuando, voz, guitarra acústica y bongós los cuales, en conjunto, nos remonta al estilo de anarquía no violenta de la lucha de la época y de la que también afrontan los personajes consigo mismos.

La obra dirigida por Vidori toca temas que aluden a la juventud, como la disconformidad manifestada en estupidez, lo difícil de la autenticidad, la fragilidad de los deseos y el miedo al desamparo. Vemos a la soledad camuflada en compañía física de este grupo de roommates universitarios, quienes son incapaces de amar al otro porque tampoco pueden tolerarse así mismos. ¿Por qué? Quizás porque si no nos reconocemos a nosotros mismos, somos incapaces de encontrarnos en otro, llegando a sumergirnos en la desolación, o es que simplemente somos narcisistas y andamos por la vida dirigiendo nuestros esfuerzos solo hacia el bien personal porque con tal de sobrevivir, así como en la guerra, hasta la causa más grande es olvidada.



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