Crítica: Sadhaka

Luego de La Cautiva y Savia, Luis Alberto León junto a Enrique León y en co-dirección con Ana Chung traen Sadhaka, con una temporada que va del 6 de febrero al 7 marzo de jueves a sábado a las 8 pm en el Auditorio del ICPNA de Miraflores (Avenida Angamos Oeste 120, Miraflores). Aquí les compartimos una crítica del montaje.


Así como en Estados Unidos cada febrero se celebra el Black History Month que tiene el propósito de conmemorar la historia y las contribuciones culturales y políticas de la comunidad afroamericana en su país, el Instituto Cultural Peruano Norteamericano en coproducción con Sala de Parto ponen en escena Sadhaka, acompañada de un festival que propone una serie de talleres y conversatorios con el objetivo de repensar los esquemas de la cultura afro en nuestro país. 

El elenco que está conformado por Tatiana Espinoza, Rosario Goyeneche, Cecilia Monserrate, Luis Sandoval y Osiris Vega. Nos cuentan el encuentro entre Amparo (Cecilia Monserrate) y Nieves (Osiris Vega) luego de que esta última haya huído de su casa para evitar un matrimonio arreglado. Amparo representa la mujer sabia, curandera y mágica; Nieves, una muchacha de quince años, es intrépida y está llena de gallardía, busca refugio en Amparo, por lo que se vuelve una especie de pupila y debe de cumplir con distintas misiones que luego Amparo utilizará para ayudar a otros. Cuando aparece la madre (Tatiana Espinoza) a reclamar por ella, Nieves en su intento de liberación pasa a tomar el lugar de Amparo. Esta historia, como comenta uno de los dramaturgos, parte de la recopilación de anécdotas y creencias del actor afroperuano Luis Sandoval, en relación a su historia e identidad, lo cual genera una pertinente presentación de la cosmovisión de sus antepasados, que si miramos más atrás, son también los de todos los demás.


La obra de dos actos es conducida principalmente por la excelente interpretación de Cecilia Monserrate que desde su anclaje en el escenario logra un personaje de energía poderosa que impone respeto, algo de miedo, pero que también agrada al público, son sus momentos de irreverencia los que levantan la escena por lo cómicos o inesperados que resultan. De igual forma, la composición de los demás personajes nos muestran características que particularizan a cada uno en la comunidad en cuestión. 

Por otro lado, hubieron también interpretaciones que mostraron ciertas dificultades. El texto tiene un estilo ilustrativo que enaltece a los personajes e inmediatamente nos puede remontar a un plano fantástico; sin embargo, en algunos momentos se volvió un obstáculo para los actores. Algunas interpretaciones proponían cadencias similares y constantes lo que dilataban el flujo de las escenas injustificadamente y no permitían esclarecer la acción de los personajes dentro de la historia. Quizás por ello me dió la sensación de la falta de impacto en el transcurso de la obra. También creo que hubieron muchas oportunidades de dinamismo pero que, desde mi punto de vista, no pasaron con mayor relevancia; como el recurso de las cabezas gigantes, que no poseyeron una entrada sobresaliente y que aunque ejercitaron la imaginación del espectador, pudieron llegar a distraer cuando no contaban con mucha colaboración de la corporalidad de las actrices.



Sobre otros aspectos, la notable armonía entre los elementos de la escenografía,  iluminación y vestuario nos regalaban una invitación a alguna localidad del pueblo chinchano El Carmen. El amarillo del espacio, el maíz que se esparce en determinados momentos, el audio constante de cacareos y las telas intervenidas de los extremos, incentivaba al resto de los sentidos para viajar hasta un jardín onírico lleno de plumas y olor a gallo. Así mismo, la canciones que musicalizan  las escenas lideradas por una preciosa voz en vivo, guitarra y percusión aluden a nuestras raíces más antiguas, permitiéndonos la conexión y reconocimiento con esta cultura. Lo único que extrañé en este punto fue la complementación de la cantante dentro de la narrativa, ya que en cada participación poseía una presencia bastante potente que luego era muy difícil eludir.



Sadhaka cumple el propósito de variar la cartelera teatral limeña, desde la rectificación del rol de la comunidad afroperuana en nuestra sociedad y sin la necesidad de ser explícita con el conflicto. Este montaje consigue romper el estigma muchas veces peyorativo que cataloga y limita a la cultura afro, ya que, gracias a la representación de una historia propia que no pretende alienarse al común denominador y que, más bien, exhiben las manifestaciones culturales que traen consigo información mucho más compleja, logra superar sus propios límites, invitándonos a ser partícipes de esta conmemoración en las demás actividades. Por ello, considero que la temática inclusiva de la obra se lleva el mayor de los méritos. 



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