Un Buen Día en el Vecindario: Jugar a ser Adultos


Este 6 de febrero llega a los cines 'Un Buen Día en el Vecindario' protagonizada por Tom Hanks. Nosotros ya la vimos y te contamos nuestra opinión.


¿Alguna vez han llegado a pensar que, a pesar de todo lo que los adultos dicen ser, son realmente ellos los que actúan como niños? Pues esta paradójica sensación queda al descubierto e irradia luz propia en “Un buen día en el vecindario”, un excelente drama basado en un artículo publicado en el año 1998 sobre el adorado ídolo estadounidense Fred Rogers. Dirigido por Marielle Heller, esta cinta ha puesto en nuevamente en carrera a Tom Hanks por un Óscar, esta vez como Mejor Actor de Reparto, gracias a su soberbio trabajo construyendo e interpretando el personaje de Rogers.

Lloyd Vogel, un destacado y un tanto infame periodista de la revista Esquire, asiste a la boda de su hermana menor y fracasa en su objetivo de evadir un reencuentro no deseado con nada más y nada menos que Jerry, su propio padre, quien lo busca para conversar con él de asuntos importantes. Sin embargo, no logran contener sus emociones durante la confrontación y terminan golpeándose mutuamente. Al día siguiente, el periodista  recibe la encomienda de entrevistar a Fred Rogers, uno de los más queridos personajes de la televisión y dueño del show “El vecindario del Sr. Rogers” (“Mister Rogers’ Neighborhood”). Si bien inicialmente se dispone a realizar la tarea a regañadientes, su primer encuentro con el famoso señor Rogers cataliza su curiosidad y le sugiere que hay mucho más que simplemente un rostro amable, una voz suave y una actitud cálida en la vida y la naturaleza de su entrevistado.




Conforme pasan los días y Vogel intenta escarbar en las singularidades de Rogers, termina sufriendo una especie de contragolpe psicoanalítico en el que Rogers lo arrincona emocionalmente y deja en evidencia que tiene conflictos sin resolver con su padre y con su manera de lidiar con la realidad y sus emociones. Es en medio de la digestión de toda esta catarsis emocional que tiene un nuevo reencuentro involuntario con Jerry, y la consiguiente erupción sentimental, inevitablemente violenta, conlleva a que su padre sufra un ataque cardiaco, revelando así que padece una condición que lo llevará a la muerte más temprano que tarde.

Es realmente admirable el trabajo realizado en cuanto al ensamblaje de cada pieza artística que conforma esta obra cinematográfica: el guion, el trabajo actoral, el concepto trabajado en base al universo creado por el legado del señor Rogers… Este ensamblaje hace del universo narrativo un espacio casi palpable, le da una identidad a la cinta. Destacan principalmente como parte de su propuesta audiovisual las transiciones entre escenas, tiernamente reemplazadas por un escenario de juguete, con las casitas y los carritos colocados armoniosamente en una ciudad de juguete, una afirmación total de dos ideas: a) que cada quien habita en su propio mundo interior, y b) que nuestro mundo interior siempre será el que configuramos en nuestra niñez. Así, vemos a Lloyd luchando durante toda la cinta con sus dilemas de adulto, ese tipo de dilemas del que, en palabras de Rogers, “a veces no queremos hablar”; dilemas que suceden en un mundo de juguete, un mundo donde tal vez no podamos controlar cómo son las cosas, pero donde siempre podremos elegir jugar para ser felices.




“No creo que haya una vida normal sin sufrimiento”, le dice Rogers a Vogel durante la entrevista. La personalidad del conductor de TV, reitero, MAGISTRALMENTE interpretada por Hanks realmente incitan a pensar que probablemente nos encontramos ante la persona a quien se le ha otorgado la responsabilidad de ser la persona más amable y consciente del planeta. El señor Rogers ha dedicado su vida a influir en la vida de las personas con profundidad y amor, casi obsesionado con “lograr que cada persona sepa que es especial, que es único”. En el mundo real, o al menos en el mundo que percibimos, suele ser más sencillo absorber lo negativo que notar y valorar lo positivo, y Rogers no tiene miedo de hacer hincapié en dicha reflexión aunque eso enoje y desespere a las personas, enfrentándolas directamente y enfrentándolas con sus propios miedos sin tapujos, pero también con profunda y sincera ternura, como lo hizo con Vogel. En ese sentido, Rogers funciona realmente como el antagonista de esta historia, poniendo en jaque el mundo en el que vive el protagonista, sometiendo sus cimientos a revisión. La calma y capacidad de autocontrol que emana de este “héroe americano” contrasta brutalmente con el caos en la mente de su entrevistador, y en general con una sociedad usualmente golpeada por la precariedad y por su desconexión cuasi permanente con lo espiritual y personal, al extremo de ser incapaz de lidiar con algo tan humano como la misma muerte. Rogers no hace más que enseñar, hace brotar de él su sabiduría porque eso es lo que lo define: sus intenciones de hacer este mundo un lugar mejor para todos: “la gente no quiere conversar de la muerte porque es doloroso, pero se olvidan de que morir es humano. Si es humano, es conversable. Si es conversable, es manejable.”

Da mucho gusto ser parte de un momento en la historia en el que se reivindica a través del arte la necesidad de prestar atención a nuestras emociones y a nuestra salud mental. Esta es probablemente una de las películas que la sociedad mundial necesita en estos momentos, junto con otras genialidades como “Joker” o series como “Sex Education”, productos en los cuales podemos observar reflejos muy fieles a lo que vivimos en la actualidad. No te pierdas la oportunidad de ver esta película.



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